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Después de recorrer más de 500 kilómetros, el río Júcar desemboca en el Mediterráneo salpicando de vida las tierras que fecunda desde su nacimiento en la Cordillera Ibérica a cerca de 1.700 metros de altitud. En su caudaloso viaje a través de los siglos ha marcado una profunda huella en el paisaje y en los hombres y mujeres que antes y ahora disfrutan de sus favores.
Campos
de cereales, hortalizas, frutales… la vida misma emerge en sus orillas
impulsada por el agua cristalina, pero también fertiliza tierras
que antaño formaron parte de su geografía y que hoy contemplan
cómo el cauce fluye por otros caminos.
Ese es el caso de varias poblaciones del sur de Cuenca, cuyos terrenos arcillosos absorbieron los nutrientes necesarios de la veta acuosa del río, que ha dejado igualmente en su tránsito erosivo una característica superficie de guijarros que protegen la tierra del sol y por tanto de la evaporación.
En este entorno, ya casi cuando el siglo XVI alboreaba, estas tierras experimentaron un gran aumento demográfico, mejorando las técnicas agrarias y ganaderas. Las casas hasta entonces dispersas fueron agrupándose, de ahí el nombre de muchas de las localidades, recordando en sus toponímicos el origen del fundador de la antiguas alquerías.
El río, el clima, la tierra y la labor paciente y constante de las gentes que la habitan han permitido obtener los mejores frutos, especialmente sus viñedos, de los que se obtienen vinos de la más alta calidad.
Por
ello, en reconocimiento a su imprescindible existencia, bodegas vinivitícolas
de las localidades de Casas de Benítez, Casas de Fernando Alonso,
Casas de Guijarro, Casas de Haro, El Picazo, Pozoamargo y Sisante, crearon
hace unos años la Denominación de Origen Ribera del Júcar.